(Escritos y dibujos 2004-2008)
He sido una apasionada del dibujo, de las líneas, de las rutas, las formas, las figuras. He dibujado por años. He escrito una historia con cada dibujo. Pero tambien he escrito sobre ese acto tan importante para mí. Muchos de estos escritos los hice pensando en 2 libros que han marcado mi pensamiento: “La cámara lúcida: Notas sobre la fotografía” de Roland Barthes y “Las muertes de Roland Barthes” de Jaques Derridá, a ellos ofrezco mis disculpas por mi acto atrevido, pero debo a ellos las gracias por que me han hecho pensar en lo que hago, cómo lo hago, y qué hay en ello que yo desconozco…
A continuación publico aquellas anotaciones y apuntes que me han robado el pensamiento y me han devuelto a mis dibujos, a aquellos que mientras los estoy dibujando no los veo, pues ciega en el gesto y la expresión solo registro lo que no veo, lo ha que dejado de existir.
Dibujo que se apodera de la escritura, escritura que se apodera del dibujo. Se interrogan, se anticipan el uno al otro, se confrontan. Cada uno un mar de apuntes, de fragmentos; cada uno un yo distante que transforma al otro y a sì mismo. Dos puntos de partida, dos miradas que me miran mientras yo les observo.
Escribir en el dibujo o dibujar en la escritura, componiendo para sí un diario íntimo, susceptible de ser develado, expuesto al aire como el vientre de un cadáver; diseccionado por mí, diseccionado luego por la mirada del otro. Un trabajo sobre la escritura y el dibujo –en últimas el trazo, el registro- que contendrá a la vez una reflexión sobre la desaparición (lo que ha dejado de ser perceptible).
Lo que se oculta tras la grafía es la desaparición. Un registro pasado. Un autorretrato desaparecido en la desaparición de un retrato. El otro en mí y yo en el otro. La esencia del dibujo es mi obstinación por estar allí, de haber estado allí: la firma del instante, la apropiación de los sujetos.
Dibujo de espectros.
Es en la semejanza que se marca la diferencia, es en el otro y desde el otro como me delimito. Es en donde me pierdo o me encuentro con el otro.
Es en la semejanza del dibujo donde se vacía al retrato de su referente, de la misma manera como se vacía la descripción en la escritura, en donde el gesto, el vocablo, la palabra y la línea hablan de algo que no representan, hablan del vacío que los circunda. Hablan sobre lo que se ha quedado sin decir y muestran aquello que se ha quedado invisible. No es ni la persona dibujada, ni mi gesto al dibujarla, pero es a través de ellos que se produce el mensaje.
El dibujo sería en este caso una imagen sobrecargada de sentido.
Ese algo terrible que hay en todo dibujo: la ausencia de la imagen por la presencia de un lenguaje. El dibujo tiene relación directa con la escritura. Dibujo que se realiza con plena consciencia del referente pues es el sujeto que mira en el dibujo a todo aquel que le mire. La mirada dibujada, abstraída, pues en realidad soy yo quien se ha apropiado de los ojos para observar también desde el dibujo.
La transformación que hace el dibujo de la pose de un cuerpo es activa como la transformación que hace la fotografía, crea el cuerpo modificándolo según mi capricho.
12-04-05 lo que me parece más importante de las información colectada y de las reflexiones que surgen a partir de dicha información, es la visibilidad y la invisibilidad; el vacío que representa la imagen cuando esta completa. Lleno y vacío. Más que el dibujo en sí. La construcción de lenguajes en aras de la desaparición. Siempre hay algo que se registra.
La espectralidad de las imágenes.
El yo del sujeto no coincidirá jamás con su propia imagen pues no es la imagen que busca ser aceptada por su referente, no es la imagen de él para él mismo, es la imagen que él produce en mí y la que produzco yo misma sobre su imagen.
Una microexperiencia de la ausencia, es mi mirada la que le ausenta y le convierte en objeto, es espectro. Sin embargo no temo a pensar que la imagen sea la muerte, pues ya me he convertido en su productora.
No se trata aquí de arrebatarle la vida al instante (el instante ya esta muriendo) sino por el contrario de evidenciar de una manera bastante subjetiva aquello que Edmond Jabés ha escrito “la vida es la muerte vibrante”. La apropiación mediante el dibujo del instante de la muerte.
Es bajo mi desición y por supuesto arbitraria que convierto al sujeto en Todo-imagen; ya he dictaminado, ya he predeterminado su muerte convirtiéndole en objeto y de esta manera a mi disposición. La actividad del dibujo se convierte en una compulsión clasificatoria. El sujeto como objeto.
Una imagen, la evidencia de la muerte y de la desaparición, atrae, anima morbosamente a contemplarla. Ya es desde la vida que nos pensamos la inexistencia.
Los dibujos se posan sobre el papel (o sobre cualquier superficie) bajo la consciencia del sujeto retratado –conciencia de su pose y de la representación subjetiva que se realiza de él- sabe que está siendo dibujado. Sabe que se repara sobre cada aspecto de su apariencia.
Hay algo que ha de ser develado: la mirada del otro.
Citas sacadas del tiempo, de la realidad, de aquello tan supremamente incontenible que por un instante puede ser capturado en fragmentos: las coordenadas únicas e irremplazables.
El dibujo, aquel registro subjetivado y condicionado por unas manos en particular, firma sobre la superficie: la conciencia sobre el otro, ese otro (uno mismo)
Lo que nos muestra el objeto tras de lo que se oculta.
Lo que nos engaña: lo que reconocemos
Aquello otro que se encuentra velado genera escozor: la muerte.
Aparición de la desaparición.
Es eso una muerte: agonizar y morir ante mí. No habrá un lenguaje que retorne, tan solo rondara en mí (para sí mismo)-
Mariángela Aponte Núñez













