Dejó su pipa un momento y tras disertar un poco sobre la divinidad de su madre se dio cuenta que estaba del lado errado de la calle.
Su juicio jamás estuvo mas claro ni su disposición mas resuelta. Ya no habían días o noches, solo parpadeos, lapsos hipnóticos en los que su mirada se cruzaba con la de Sherezada antes de atravesarlo como danza idílica y puñal.
Ya no le preocupaba mas haber perdido su libreta, tenia suficientes monedas para tomar un café antes que se viniera encima el cielo parisino, suficientes palabras para ultrajar un papel con los demonios que hace rato habían ganado la batalla y la resignación de saberlo todo sintagma, semántica, paradigma, sintaxis.
En ese mismo anden habían vivido y muerto mil poemas, los pasados y los futuros de cientos de personajes hoy hechos brisa marina, los labios de cada hombre que tuvo la osadía de dejarse besar por aquel hombre que fue eso y nada mas; asesino de fantasmas, amable indigente haciéndose el pendejo en medio del tumulto y la música de acordeones.
Tal vez supo que Jodorowsky se burlaba de la intelectualidad francesa con su pánico, tal vez lo supo y lo olvido. Su distinguido grupo de amigos nunca pareció distraído y mucho menos conciente de su destino trágico, tan deliberado y racional, tan meticulosamente autodestructivo. Todos rechazaban la visión romántica de la locura, de la delincuencia, de la perversión, de la droga, y el rechazó las ínfulas de pensador proactivo, se abandono a si mismo y se declaro hedonista por vocación.
Su pipa no era de madera fina y jamás estuvo cargada del tabaco cubano que fumaban en Europa para reivindicar beligerancias al son de un megáfono; la cargaba con marihuana, bazuco e insolencia, le arrancaba el dinero de las manos a los turistas y le tiraba piedras al sol, se canso de ese puto lado de la acera lleno de juicios y orines ajenos, sus pies descalzos y sucios sintieron el asfalto por ultima vez, y se entrego a la mirada de Sherezada antes de atravesarlo como danza idílica y puñal.